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Los ojos muertos como perdidos en el mar, la oscura inmensidad que perfora las almas vagabundas en las calles hambrientas de Buenos Aires, la apatía y el desamparo de muchas noches ruidosas de soledad, son a veces el disfraz en esta fiesta sin invitados: la vida.
Metáforas que sirven a los que creen que los ojos son espejos del alma.
El mar, sus aguas verdes como un fiel espejismo del cielo son la vitalidad que alimenta a las aves que no dejan que el tiempo las posea, solo aprenden durante años a volar.
Ese mar, que lleva la calma a las playas lejanas sepultando secretos, aliado del viento y la sal. Eleva las olas desafiando tormentas, arrastrando la mente de los hombres que en el muelle miran, miran y viajan para internarse en ese universo que los desnuda de grandeza.
Pobres mentes que persisten en entender al vasto mar y los misterios que en él duermen.
La marea contempla la luna y obedece.
El viento corre y arrasa con toda la calma que ya es recuerdo y el mar, soberbio, actúa para él. Remueve sus alas y abraza todo lo que encuentra.
Las aves se refugian en su vuelo, los misterios en el sueño, la calma se hace olvido en las playas lejanas y el muelle tiembla pero, inmóvil, resiste los latigazos de agua y sal.
El viento se abre paso ante el dolor; el muelle, que es el tiempo, sangra ante sus ojos y un ardiente alivio como el fuego que acaba con la escoria, llena sus manos y las seca por un instante y es suficiente.
Los hombres que miran la ventana abierta de los tiempos, no advierten que lo que ven, no es delante, sino dentro de ellos. Ese universo, el mar, el sueño y el corazón buscan inciertos mientras en los confines, el despertar aguarda ser hallado.
Pobres mentes que intentan comprender los designios de Dios y los caminos de su amor.
Los hombres miran y viajan, como perdidos en el mar, y son un suspiro en la gran obra, un átomo en la eternidad.

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Esas aguas


Viejos gusanos del tiempo
Mis dedos hoy no florecen
El cactus creció en mis entrañas
Lejos del desierto aquel que lo reclama

Las luces destilan poesía amarga hoy
Duelen los pétalos de mármol, al caer
Tus ojos topacio se nublan
En el paisaje enfermo de los míos

Viejos gusanos del tiempo
Duerman y mueran en las barbas de la noche
La tormenta cesa pero la escoria se arrastra
Oscura, obtusa, demacrada y triste larva.

Ruego y espero por la lluvia celeste
Sangran los navíos en su dura pena
Cristales rotos en un océano de agonías
Naufraga la razón entumecida


Ruego y espero por la lluvia celeste
Ruego y espero por el mar que mece
La luna plateada de los desamparados
Esas aguas que anestesian mis manos

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Pensamiento

Las palabras, ese olor a uvas viejas,
Que los árboles deshojados de la razón
Derraman dando sombra a los desiertos,
Dando río a aquellos pájaros muertos
Semejantes al silencio,
Semejantes al dolor.

Los pájaros, ese vuelo errante
Desafiando las alturas del entendimiento
Remolinos inconscientes del ser,
Inmenso mar de oscuridades.
Como escamas en las manos
Es el misterio y el vacío que nos abunda.

Las palabras,
El fuego del tiempo
/agazapado en nuestros sueños.
Los pájaros,
La lluvia que se aleja
/y yo que quiero estar más allá.